La viudita

Por Adriana Vega- Cerca del mediodía Javier y Amarilis se acercaron arreando dos vacas lecheras con sus terneros, trabajo de todos los días. Mientras jugaban descalzos y libres, corrían hasta el campito donde hacían pastar a los animales cerca del arroyo y llevaban en la mano una rama flexible para defenderse de las víboras que en las siestas transitaban por el pastizal.
Más tarde, revoloteando las ramas las lecheras regresaban al rancho por el camino conocido y los pastorcitos se entretenían levantando nidos caídos, pescando algún renacuajo y mortificando a los sapos que no hacen mal a nadie pero son feos y orinan muy fuerte haciendo salir verrugas en las manos.
Uno de esos mediodías cuando el sol estaba fuerte y el calor anunciaba la siesta, los chicos se dispusieron a almorzar en un lugar sombreado y vieron posado entre los gajos de un sauce llorón a un pájaro blanco que al realizar vuelos cortos mostraba el borde de sus alas festoneadas en negro. Mientras sobrevolaba cerca de los jovencitos, se detuvo en el aire como un picaflor y después retornó a la rama. Su extraño silbido fue diferente y llamó la atención de Javier y Amarilis que jamás lo habían observado ni escuchado.
Al llegar a su casa Amarilis le preguntó a su madre si la conocía y ella le respondió que sí mientras su hija con una catarata de palabras preguntaba:
-¿Lo habías visto antes? ¿De dónde viene, mamita?-¿Será de otra región, estará perdido?… ¡Es tan bonito y parece tan triste!
El puchero burbujeaba en la olla con choclos, legumbres y papas. Cuando terminaron de cenar la mujer tomó asiento junto a la hija y comenzó a relatar la historia de la singular avecilla:
– A ese pájaro todo el mundo lo llama la Viudita…-dijo, suspirando con cierta nostalgia.
-Mamá, la interrumpió Amarilis.-Si fuera un pájaro negro me parece bien, pero es casi todo blanco menos en los bordes…
Diciendo esto interrumpió la llegada de Javier, su hijo mayor que tomó asiento para escuchar el relato mientras la señora repartía torta de grasa y dulce como postre.
-Había una vez,-comenzó como dispuesta a relatar un cuento-una joven hermosa estaba de novia con un hombre apuesto y trabajador. Muy enamorados, la familia aprobaba y por lo tanto decidieron casarse pronto. Una mañana, apenas despuntado el amanecer, el joven salió a sus faenas y distraído se internó en una zona de terreno fangoso. Para eludir un alto matorral saltó y al incorporarse sintió un dolor agudo en la pantorrilla y se sobó con la mano descubriendo un hilo de sangre que le corría por la pierna. Caía fuerte el sol de mediodía y los yuyos del matorral silbaban. Fue por el silbido y el movimiento de los yuyos, el muchacho se dio cuenta de que lo había picado una yarará*.
El caserío estaba lejos y el auxilio también. Sabía que el veneno iba a correr por sus venas hasta paralizar la circulación e intentó abrir la herida con su cuchillo de caza, sintió disminuir sus fuerzas y se dispuso a esperar lo peor. Estaba solo, herido de muerte y tumbado en un sendero impenetrable donde nadie pasaría. Entre tanto llegó el atardecer y en el pueblo la novia comenzó a preocuparse por que el joven no pasaba a saludar como todas las tardes cuando volvía del trabajo. La niña se ató un pañuelo a la cabeza y fue a buscarlo por los sitios que solían recorrer juntos.
Caminaba con desesperación y poco a poco, casi sin darse cuenta se alejó más y llegó cerca del alto matorral. Un débil quejido la guió y encontró al joven desvanecido pero no muerto. Sus intentos por revivirlo, besos en el rostro, llamarlo por ternura por su nombre y no obtenía respuesta. En un último intento posó sus labios en la herida y succionó el veneno con obsesión para salvarlo y devolverle una vida que amaba tanto.
Lo único que consiguió fue lastimarse, morderse con sus dientes, y lograr que el tóxico entrara también a su curso de sangre.
La noche, por contraste, fue helada y lunar. Sólo el aleteo sombrío de los murciélagos interrumpía su transcurso. Al amanecer dos campesinos que iban en dirección al río los hallaron abrazados. Blancos, tan blancos como si les hubieran extraído el caudal de su sangre. El, con muecas de dolor y ella mostrando una sonrisa de compañera amada.
El Espíritu del Bosque no pudo estar ausente y condolido por la niña apareció y la convirtió en un pajarito triste y de suave piar.
No es fácil encontrarse con ese pajarito porque nunca se posa en el suelo por temor a la yarará. Siempre andan en pareja un machito y una hembra, es difícil que se separen y entre ellos se llaman con un triste piar. El espíritu del Bosque no les dio plumaje negro, los hizo blancos por la pureza e ingenuidad de la novia y en homenaje a su condición de esposa le colocó un ribete negro como el borde de un manto de luto.
Por eso todos le decimos la viudita y es un pajarito muy libre y muy lindo.-concluyó la señora levantándose para ocultar su emoción.-Jamás deben de ponerle tramperas ni tirarles piedras.-Ni a la viudita ni a ningún otro pájaro. Ellos son el símbolo de la libertad.
*YARARA: víbora de la región del litoral argentino de más de un metro de largo y color negro con manchas parduzcas. Muy venenosa. Su picadura es mortal.