La Leona viaja a Portugal

Manuel, un joven que sobrelleva sus 64 años con más fortaleza mental que física, es hijo de portugués igual que María Leone. Suele ocultar su interés por el país de origen de su padre desde que sintió que a este lo movilizaba un nacionalismo que consideraba por demás riesgoso. Pero cuando se encierra en su mundo, ver televisión para él lo es, no deja de buscar detalles acerca de ese país que le puedan acercar recuerdos en los que homenajear a sus padres, fallecidos hace muchos años.

Desde que descubrió que Isabella Medeiros (Patricia Palmer), la mamá de La Leona, era portuguesa, Manuel tiene asistencia perfecta ante la pantalla de Telefe, ya sea desde aquél horario inicial, después de las 22, al actual, ya ubicado en una franja cada vez más arrimada al final del día que al primer time, corrimiento que tuvo la novela para darle lugar a historias con más éxito en materia de rating.

Tuvo paciencia Manuel. Desde el primer momento esperó que esa madre y abuela comprensiva, solidaria, “abnegada que vive para el hogar y su familia” -según leyó en el perfil del personaje en la página del canal- pudiera dar cuenta de algo más que  esa escasa muestra de identidad lusitana, limitada a los momentos en que junto a su Pedro, para colmo prematuramente fallecido, disfrutaban de esa musicalidad cadenciosa del Fado interpretado por ese símbolo que fue Amália Rodrigues.

Isabella ni siquiera conserva algún vestigio del acento que permita tener siempre presente su origen: nada de esta buena señora lo arrimaba a su deseo. En su íntima decepción, Manuel tenía ganas de arrimarle una historia que despidiera algún aroma peninsular. Como por ejemplo aquella que tenía de su padre, quien cuando decidió irse de su país con la llegada de la segunda guerra mundial trajo consigo un cuaderno de versos surgidos de su imaginación de adolescente sensible, una sensibilidad que Manuel solo conoció a través de esas poesías, que constaban en ese único cuaderno perdido definitivamente en tiempos en que nada de los padres merece un reconocimiento.

E n uno de esos versos, tenía muy presente Manuel, el padre se despedía de su patria con palabras que hoy suenan sencillas pero que contenían una cierta musicalidad, fadeana si cabe decirlo así. Estaban escritas con una prolijidad y una limpieza en los trazos de cada letra que siempre lo sorprendió.

Su padre retornaría a Portugal, junto con su madre, 40 años más tarde luciendo el orgullo de emigrante que vuelve y es capaz de recordar cada lugar, cada sitio, como lo llamaba, cada fiesta, cada habitante de esa aldea minúscula al sur de Portugal, de donde se había ido a fines de la década del 30. Antes y después de ese acontecimiento, el papá de Manuel seguiría creyendo que Portugal era lo más grande que había, y que quienes de allí trascendían merecían para él igual reconocimiento,  sean Amália Rodrigues, el futbolista Eusebio y hasta el dictador Oliveira Salazar. La portugalidad al palo envuelta en saudades. No se sabía si hablaba de Quilmes, donde vivió más de 60 años, o de San Bras de Alportel, Olhoes, Faro, Algarve, Almansil, Albufeiras, Portimao, Alentejo, Monchique o de sitios que lo conmovían porque en aquel retorno los había encontrado igual.

Para el autor de esos poemas volcados en el cuaderno perdido para siempre, ni la poesía, ni otro tipo de lectura, fueron motivo de conversación con su hijo. El tiempo era aquél, no era éste, y había que aferrarse a ese útero territorial, en cuyo nombre todo habitante de ese origen era infranqueable a críticas, desde Joao, su paisano, al que tenía al lado desde que llegó a estas tierras y padecía en silencio, hasta el más feo e indefendible de todos.

Manuel tenía muy presente una reunión familiar, cuando se desató una discusión imprevista. Allí su padre tuvo que escuchar la frase insolente del hijo que cuestionó a Amalia Rodrigues, la fadista más grande, el Gardel con polleras portugués, por haber trabajado para la dictadura de Oliveira Salazar y la descalificación lo llevó a levantar la voz y sostenerse en argumentos que provenían de José Saramago, el único portugués importante, Premio Nobel de Literatura, que su padre ignoraba olímpicamente.

Esa historia de Amália Rodrigues era muy repetida, aunque la frase atribuída a Saramago era un recurso verosímil pero incomprobable.

Nunca más asomó el tema. Pero años después, agotados los stocks de lapiceras, medias, cartas, vasos con el que solía agasajarlo para sus cumpleaños, Manuel le regaló  el primer y único libro, Viaje a Portugal, de José Saramago, una manera de hacerse cargo de una inquebrantable obsesión paterna respecto del amor a su lugar natal, pero buscando una forma desde donde él se sintiera cómodo.

Una vez Manuel vio el libro en esa misma biblioteca pequeña de donde había desaparecido aquél cuaderno de poesías paterno y se acercó a la cama de su padre para preguntarle si lo había leído. Sí, le contestó, aunque Manuel no se animó a preguntarle nada por temor a una mentira innecesaria.

No hubo tiempo de explicarle que Saramago había nacido cuatro meses antes que él, le encantaban esas referencias absurdas, que era el más grande escritor de Portugal, pero lo que más le dolió es que no pudo contarle que Amalia Rodrigues aportaba, en silencio, al Partido Comunista Portugués, según contó, ahora sí, el propio Saramago, un comunista hormonal.

Manuel aún recuerda que esto último se le apareció de golpe cuando la muerte de Saramago puso en la tapa de los diarios a un portugués. Entonces pensó que a su padre le hubiesen interesado dos cosas: que el verdadero nombre de Saramago era De Souza, igual que el de su compadre, y que estaba empezando a escribir un libro cuyo título llevaba el nombre de espingarda. Esa espingarda que Joao de Souza llevaba para la temporada de caza que arrancaba en mayo.

En ese punto, Manuel tendía a forzar el recuerdo, dándole crédito a las primeras noticias que decían que los restos del único Premio Nobel portugués iban a ser depositados junto al de Amalia Rodrigues en el panteón de los portugueses ilustres. Nunca supo su padre que se había salido con la suya, cuando años después fue Eusebio, el más grande futbolista portugués de la historia, el que ocuparía ese lugar y no Saramago.

Estén o no juntos, se repite Manuel, Saramago, Amália, Eusebio: portugueses ilustres. Los más ilustres de todos.

La Mirada de Juan