La Leona

 

El corrimiento de horario es un síntoma- para la salud televisiva- que las expectativas no fueron cubiertas. A pesar de contar con un elenco acostumbrado a bañarse en aguas de audiencias importantes, La Leona no pudo sostener el impacto inicial: una buena idea, buenos y muy buenos actores y un libro que pretendía anclar en un lenguaje cotidiano, reconocible  al primer tacto, no terminó de cuajar. Aunque los 10 puntos diarios no sean una marca desdeñable.

El atractivo se fue diluyendo, sin un motivo exclusivo. La historia fue descendiendo escalones, perdió esa sintonía fina que había logrado al comienzo con sus televidentes, que después de cierta resistencia fueron abandonando su lugar, llevados por cierta decepción y un sueño inevitable con el correr de los minutos en ese aguante cada vez más extenso.

En este trayecto el comentario más elogioso no surgió de las fuentes habituales, sino de aquellos que por haber vivido situaciones similares se identifican fuertemente con la idea y argumento de esa ficción de Telefe. La Confederación Nacional de Cooperativas de Trabajo fijó su postura fuertemente respaldatoria, afirmando en un comunicado que “la serie” aborda un tema que es “una cuenta pendiente para la sociedad argentina: los mecanismos de abuso de la industria textil, que incluyen en la mayoría de los casos el vaciamiento empresarial, la mano de obra casi esclava, los millonarios negocios y la complicidad sindical”.

El trazo grueso con que el libro muestra “la voracidad” (casi obscena) del capitalismo es destacado por el comunicado de los cooperativistas, desde donde se reivindica la ocupación de la planta, la medida sindical más importante adoptada hasta el momento en que se emitió ese pronunciamiento.

Tal vez la legítima satisfacción de verse reflejados por el tipo de industria y tarea, así como por los métodos de lucha y objetivos planteados,  no deberían opacar, sin embargo, otro tipo de consecuencias que una marcada linealidad del guión trae consigo, abonando la representación que la sociedad se hace del único actor que comparte el interés de clase junto al afectado, lo sindical, más allá de su defección grosera en el caso de la Textil Liberman.

Ahí está Coco (Martín Seefeld), el tipo de barrio simpático que se pasó de pícaro en su función y en su vida personal y que devino, casi por naturaleza, en un traidor de poca monta, como si esa fuera la única forma en que un delegado se transforme en polea de transmisión de su sindicato, indefectiblemente caracterizado por dirigentes prepotentes, pesados que lo rodean y abogados carroñeros, más la espúrea y traidora relación con las patronales.

Revalorizar principios de clase –aunque en La Leona las situaciones límites se terminan resolviendo desde el sentimiento- y poner de manera positiva en el centro de la escena conductas que enfrentan la injusticia laboral y profesional, no obliga siempre a cargar la mochila de los luchadores con los mismos contrapesos que cuando enfrente están Klaus Miller, los socios potenciales y los Uribe.

La Leona, cuya locación es la cooperativa Alcoyana (fábrica textil llevada a la quiebra por sus dueños en mayo de 2010 y reflotada por los 130  trabajadores que decidieron dar la pelea por su fuente de trabajo), sigue la línea del ejemplo positivo, sin afán de imitaciones, pero que sabe que se sostiene desde un lugar de la realidad.

Una realidad donde late la incómoda lucha de clases, con sus arduas complejidades. Una lucha de clases que se puede visibilizar si existe el interés de hacer una lectura determinada de La Leona. Que merece ser rescatada por exponer el conflicto, pero que en su afán por seguir una lógica que combine la realidad que pretende transmitir con recursos de un guión que no logra eludir el lugar común y el prejuicio, coloca (para tranquilidad de la mayoría de los televidentes) en el lugar de irrecuperables formas de organización que distan de ser obstáculos para defender derechos y principios.

La sociedad respira cuando se le sigue abonando la idea de un delegado sospechable, un sindicato corrupto, un abogado aborrecible. Y hasta le atribuye responsabilidades superiores a la de los empresarios a la hora de que una crisis (como la de Textil Liberman) termina por explotar. Tal vez ese razonamiento  cultural e ideológico le permita ver de modo más favorable una experiencia sumamente valiosa como la que intenta explicar La Leona. Una experiencia en la que, para los autores, el valor está ligado con los afectos, de donde se desprenden principios que parecen no requerir más que de una voluntad moral.  Combativa, sí; pero que en la reivindicación de aquello que merece ser reivindicado asimila conductas miserables y traicioneras a formas de organizarse que pudieron no estar luchando en la Textil Liberman pero que existen. Aunque se las invisibilice.

La mirada de Juan