En señas

Por Patricio Zapata- No recuerdo cuándo ni quién, pero sí el tenor de aquella prohibición infantil “No señales a las personas”. Más tarde, ya adulto, me pregunté qué había tan malo en aludir a alguien con el dedo extendido. Señalar, mostrar…enseñar. Quizás un intuitivo reconocimiento del señalado, como persona, como sujeto y no objeto meramente, impulsara la proscripción temprana de aquel dedito índice. Quizás la dignidad investida por el otro en cuanto ser humano, simplemente, exigía la seña verbal, la palabra, el nombre, en lugar del indicio físico.

Enseñar (in – signare) es poner señas, brindar signos, marcar un camino. Y bien temprano adquirimos noción de la potencia infinita de las palabras para señalar: todo es cuestión de ver al niño entre balbuceos apropiarse avariciosamente de sus primeras palabras, luchar con ellas, multiplicarlas, prodigarlas. Y nos reconocemos humanos en esta capacidad de significar un mundo tangible, e infinidad de mundos, con el verbo.

 Enseñar literatura es señalar con palabras entre las palabras. En el intrincado laberinto de los mundos verbales, en la vasta inmensidad de las vidas, los sueños, las hazañas y las locuras de los hombres, encontrar y seguir los hilos hasta esas palabras que nos señalen, por fin, a nosotros mismos.

Internet y la World Wide Web -nuestra hoy tan indispensable “gran telaraña mundial”- han impuesto en el lenguaje cotidiano la metáfora de la navegación. En un inabarcable mar de contenidos, de información, “navegamos” de una página a otra, de un sitio a otro, de un texto a otro. Las posibilidades, hipotéticamente al menos, se incrementan borgianamente: existe, sí, la biblioteca de Babel.  Y tal vez, más que nunca, nuestra función como docentes es proporcionar cartas de navegación y brújula, reconociendo que nuestro recorrido no es duplicable: probablemente, lo mejor que pudiera sucederle a nuestros aprendices sería perderse de todos los caminos para hacer el suyo propio.

Es frecuente que en el oficio del desgaste y la repetición, nuestras propias palabras se tornen índices que apuntan toscamente a los residuos de una pedagogía de la desilusión. Las prácticas y los discursos erigen murallas aparentemente infranqueables: sitiadores de una Illión inexpugnable, el prolongado asedio a las mismas realidades adversas nos inmoviliza.

Necesitamos combatir nuestra propia decepción, descreerla; tomar la palabra, y recrearla. Bucear otra vez en las profundidades: el deseo nos acollaró a las letras, y el deseo es energía creadora. Algunos quizás somos todavía muy inexpertos en cuanto a la gramática de la libertad; paradójicamente, puede concurrir en nuestro auxilio el axioma de la prohibición infantil: “No señales a las personas”, y su corolario tácito: “Encuentra las palabras que las nombran”.